Cuando impunidad, crónicas de intentos (fallidos) de reunión


Hoy se conmemora un año de impunidad frente al asesinato de Bertha Cáceres. Reflexioné algo hace unas horas... Creo que mucha gente se siente "atraída" por la lucha de Bertha, pero muy poca, quizá mucha a la que yo no conozco (y por algo será), realmente quiere hacer "algo", sustancial, rotundo, que provoque caos personal, pero transformación a la postre, para cambiar este escenario de mierda que tenemos. Y sin querer esto, yo creo que realmente no sabemos realmente de qué iba la lucha de Bertha. No la sentimos.

Quizá, porque parece que la invisibilicé con mi reflexión, estas líneas de hoy las pueda dedicar a ella. Su lucha me hace falta, y es quizá por eso que me interpela, en medio de un escenario en el que me siento sola y vacía, porque nada alrededor me hace sentido. Yo no sé cómo ella se mantuvo viva en medio de esto. Cómo se mantuvo alegre. Esa fue, estoy segura, la fuente de su lucha... y es lo que a todo el mundo le gusta, pero presiento que poca gente entiende la razón de un entusiasmo que se originó en una lucha tan profunda; en una lucha para romper un verdadero silencio. En una lucha que, de seguro, antes de su alegría, le infundó mucha rabia.

Las ciudades como campo de silencios
Las ciudades son espacios que sin "hilar fino" las formas en que las opresiones se reproducen y normalizan, nos conducen a la construcción de territorios, a veces, prácticamente inhabitables. No es culpa "nuestra", pero vaya que somos cómplices directas.

San Cristóbal de Las Casas, por ejemplo, aunque "ciudad del sur" en un México que confunde tanto, representa un espacio de pugnas de sentido y reproducción de muchas de las principales fuentes de ruptura en las genealogías del movimiento feminista. Aquí el racismo cotidiano, normalizado y extendido, no da tregua y sí, en la mayoría de los casos, se convierte en la forma de sobrellevar un contexto tan apremiante, hasta hacerlo el status quo: racismo maquillado (como el "patriarcado mutante" del #Lesboterrorismo).

El movimiento feminista, en un espacio así, difícilmente hace eco de posturas radicales o críticas del poder que se ejerce desde los privilegios de raza, de clase o por edad, dejando la experiencia de quien los critica en soledad, aislándole o sometiéndole: silenciándola e imposibilitando su potencial de extención hacia los espacios donde realmente puede cosechar rebeldía, que son las periferias donde feminismo no son espacios burgueses de reunión, sino redes de contención, de apoyo y de resistencia entre mujeres ante violencias extremas.

Desnormalizar privilegios

Cuando esos contextos -los no-centralizados, lo periférico- comienzan a interpelarnos como mujeres que resisten, quizá es cuando el poder también se agrieta y se pregunta por cómo construir luchas "radicales", es decir, que desestructuren las raíces de las opresiones que vivimos y nos atraviesan a todas, que nos hacen víctimas, pero que también nos instalan en roles de opresoras si no logramos detectarlo y desentrañarlo. Cuando comenzamos a cuestionar nuestros propios privilegios en una trama que para nada es sencilla y desgranamos hasta el punto que erigirse una misma, blanqueada por el sistema, resulta inadmisible, invivible; es ahí que la construcción de alternativas que escapen a las dinámicas que se han venido discutiendo desde los márgenes cuaja y nos cuestiona, por ejemplo, que defendiendo los derechos de las mujeres, y no de "la mujer" en singular, no puede denominarse"justicia" seguir contratando servicio doméstico y asignar este tipo de trabajo a un tipo de mujer en particular: la racializada, cuyos problemas jamás me han sido propios y, sin embargo, "consumo" (como aquel texto sobre las "cabecitas negras" en Argentina) para enunciar nuestros "izquierdismo", "feminismo" o "decolonialidad" truncos, en nuestra constante falta de voluntad para cuestionar, desprender y abandonar nuestros privilegios blancos, universitarios, de clase media. Nuestra falta de voluntad para devenir "vecinas", compañeras, y no activistas/maestras/como-sea-que-nos-guste-la-validación-sistémica.

Estar juntas, para construir nuevas narrativas, trasciende el encontrarnos todas en un mismo espacio y nombrar nuestras diferencias: para resistir y subvertir se vuelve inevitable cuestionar ¿cómo, realmente, podemos estar juntas?, pues es ahí donde se posibilita cuestionar y desentrañar la falta de voluntad para preguntarnos si las diferencias, además de nombrarse, tendrían que aprender a cualificarse para dejar de hacernos tanto daño al ignorar -o no señalar- cómo oprimimos, o silenciamos, mientras "luchamos", es decir, cuando luchamos-prefiriendo ignorar cómo luchan las demás.

"En la medida en la que asumamos la articulación entre nosotras más como una premisa que como un fin, nuestras posibilidades de vivir una vida digna y libre de violencias aumentan. Esto requerirá transgredir los cercos de clase y de edad que también nos separan, pero no obviándolos, sino cuestionando los privilegios y opresiones sobre los que se sostienen." dicen Cuerpos Parlantes en este texto... en ello me sumerjo, porque tal vez sea una lucha como la de Bertha, auténtica, mi propia razón de seguir aquí.

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